El sector agroalimentario es mucho más que el sector primario: es el arquitecto de la identidad del país, de su cultura y un garante de la cohesión territorial. Configura un sistema completo que integra producción, industria, logística y distribución, y que tiene un peso determinante en la economía catalana. La alimentación es la energía básica de las personas y, por tanto, el sector agroalimentario y su industria deben ser considerados una estructura esencial de país, al mismo nivel que la sanidad o la educación.
En el marco de la jornada agroalimentaria organizada por Pimec, donde se presentó el estudio elaborado conjuntamente con el Colegio de Economistas de Cataluña, se pusieron sobre la mesa los principales datos, retos y líneas estratégicas del sector, con la participación de representantes del sector primario, de la industria y del resto de agentes de la cadena de valor. Las cifras confirman su papel central: el sistema agroalimentario representa entre el 19% y el 20% del PIB catalán y es el primer sector industrial del país por volumen de actividad; emplea a más de 177.000 personas y cuenta con más de 5.000 empresas de industria de alimentación y bebidas. En 2024 alcanzó 15.727 millones de euros en exportaciones, situando a Cataluña como la primera región exportadora de alimentos y bebidas del Estado. Además, la industria alimentaria concentra el 20,4% de la facturación industrial catalana, el 18,7% del empleo industrial y el 22,3% de la facturación de la industria alimentaria española.
A pesar de esta fortaleza, el sector afronta retos estructurales que requieren una respuesta decidida. El relevo generacional es una de las principales urgencias: hay que facilitar el acceso a la tierra y garantizar la entrada de talento tanto al sector primario como a la industria y a los servicios asociados, a la vez que se prestigian social y educativamente los oficios vinculados a toda la cadena de valor. Igualmente, mantener la competitividad del sistema exige asegurar el acceso a recursos estratégicos como la energía y, especialmente, el agua. Esto implica modernizar con urgencia los regadíos, proteger el suelo agrícola fértil ante usos incompatibles con la producción de alimentos y disponer de infraestructuras logísticas competitivas que conecten eficazmente producción y mercados. Sin una logística eficiente, el conjunto del sistema agroalimentario pierde capacidad ante los competidores europeos.
La modernización también pasa por la digitalización, la biotecnología, la automatización y la mejora de procesos, tanto en el campo como en la industria, con el objetivo de incrementar la productividad y reforzar la dimensión empresarial. En este sentido, fomentar el asociacionismo y el cooperativismo es clave para ganar escala, capacidad de negociación y solidez a lo largo de toda la cadena de valor. El modelo catalán es ya un referente en economía circular, especialmente en la valorización de coproductos para la alimentación animal y otros usos industriales, minimizando residuos y desperdicio. Este modelo debe potenciarse como ventaja competitiva del país, cerrando el círculo con una mejor gestión de deyecciones, el desarrollo del biogás y otras formas de bioenergía.

Para garantizar la producción, la transformación y el acceso a los mercados, la sanidad animal y vegetal es igualmente determinante. A pesar de las inversiones en bioseguridad realizadas por las empresas, es necesario que la administración aborde con decisión el control de la fauna salvaje, que hoy representa una de las principales amenazas sanitarias y económicas. En el ámbito internacional, ante escenarios como los acuerdos con Mercosur, la defensa del sector pasa por la calidad, la seguridad alimentaria y el prestigio de la marca Cataluña y de la Dieta Mediterránea. Hay que exigir reciprocidad en las importaciones y potenciar tanto los circuitos cortos de proximidad como la exportación de productos diferenciados y de alto valor añadido.
Finalmente, el sector reclama una simplificación administrativa real y una legislación pensada desde la realidad del territorio y de las empresas. Es imprescindible una interlocución estable que incorpore no sólo el sector primario, sino también la industria agroalimentaria y el resto de empresas de la cadena de valor, así como una contratación pública que actúe como palanca para priorizar producto local y de temporada. El sector agroalimentario necesita grandes consensos de país que aporten estabilidad y visión estratégica a largo plazo. Sólo así podrá continuar ejerciendo su papel como pilar económico, territorial y social de Cataluña.
David Coll, presidente de Pimec Agroalimentaria
