Hoy, con motivo del Día Europeo de las pymes, quiero recordar que, durante muchos años, Europa se ha percibido a menudo como una realidad lejana, burocrática y desconectada del día a día de las empresas. Pero la realidad es otra: gran parte de las decisiones que condicionan la actividad económica, la competitividad empresarial y el futuro de los sectores productivos se toman hoy en las instituciones europeas.
De hecho, cerca del 70% de la regulación que afecta a las empresas acaba teniendo origen europeo. Desde la digitalización hasta la sostenibilidad, pasando por la política energética, la fiscalidad, la industria, el comercio internacional o el mercado laboral. Europa ya no es solo un marco político: es un espacio de decisión determinante para el futuro económico de las pymes.
Por eso es tan relevante que las pequeñas y medianas empresas tengan voz allí donde se definen estas normas. En este contexto, la entrada de Pimec en el Comité Económico y Social Europeo representa mucho más que un hito institucional. Es el reconocimiento de una necesidad cada vez más evidente: Europa necesita escuchar la realidad de las pymes si quiere construir una economía competitiva, equilibrada y sostenible.
El CESE es uno de los órganos consultivos clave de la Unión Europea. Asesora a la Comisión Europea, al Parlamento Europeo y al Consejo en materias económicas, sociales y legislativas. Es, en muchos aspectos, uno de los espacios donde se define la mirada que después acaba traduciéndose en regulaciones concretas. Y precisamente ahí reside la importancia de estar presentes.
Las pymes representan cerca del 98% del tejido empresarial europeo. Son las que generan empleo, arraigo territorial, innovación y cohesión económica. Pero con demasiada frecuencia la regulación europea se ha construido pensando desde una lógica adaptada a grandes corporaciones, con estructuras y capacidades muy alejadas de la realidad de la pequeña empresa.
Esto genera una paradoja preocupante: las empresas que sostienen gran parte de la economía europea son también las que tienen más dificultades para asumir la complejidad normativa, los costes administrativos o los requerimientos de transformación que llegan desde Bruselas.
Por eso, el gran reto no es solo impulsar la competitividad europea frente a potencias como China o Estados Unidos. El verdadero reto es garantizar que esa competitividad sea también posible para las pymes. Y eso implica aplicar un principio fundamental: pensar primero en pequeño.
Cada nueva regulación europea debería preguntarse qué impacto tendrá sobre una pequeña empresa. Si podrá asumir sus costes. Si dispondrá de los recursos necesarios para adaptarse. Si esa normativa facilitará realmente la innovación y el crecimiento o, por el contrario, acabará generando más barreras.
La competitividad europea no se construirá solo con grandes planes industriales o grandes inversiones tecnológicas. También dependerá de la capacidad de las instituciones europeas para entender la realidad cotidiana de millones de pequeñas empresas que compiten en entornos cada vez más exigentes.
En este sentido, es especialmente relevante que desde el CESE se trabaje en cuestiones que afectan directamente a la viabilidad empresarial. Ahora mismo, por ejemplo, Pimec participa en grupos de trabajo del CESE sobre temas como la falta de talento y las políticas migratorias, las relaciones comerciales con China y el acceso a la vivienda, que condiciona la capacidad de retener trabajadores y garantizar la actividad económica en los territorios.
Europa afronta un momento de redefinición económica y geopolítica. La transición verde, la transformación digital, la competencia global o la soberanía industrial obligarán a tomar decisiones estratégicas durante los próximos años. Y esas decisiones tendrán consecuencias directas sobre las empresas. Por eso es imprescindible que las pymes no sean simples receptoras de regulación, sino actores activos dentro de los espacios de gobernanza europea.
Tener voz en Europa ya no es una cuestión de representación institucional. Es una cuestión de competitividad, de futuro y de capacidad de influencia. Porque si las pymes no participan en la definición de las reglas del juego, acabarán jugando una partida diseñada por otros.

