Artículo original de Via Empresa reproducido con la autorización del autor.
En una sociedad en la que el 40% de la población entre 25 y 45 años ha nacido en el extranjero, la empresa debe convertirse en colegio para convertirse en un centro de aprendizaje de catalán.
Este artículo no es, lector, ni la réplica ni la respuesta a uno de los artículos más leídos de hace dos semanas, titulado Un colegio es, también, una empresa, de Xavier Roig. Es, simplemente, otro recordatorio de que aquello que conocemos ampliamente como empresa —una unidad económica para la producción de bienes o servicios— lleva asociado desde tiempos inmemoriales un aspecto formativo sin el cual no habría podido nacer, reproducirse ni evolucionar.
Contrariamente a lo que suele pensarse, la empresa no nace con el capitalismo industrial de los siglos XVIII y XIX. Puede muy bien ser que en aquel momento diera el giro hacia lo que nuestro imaginario posindustrial reconoce como el origen de nuestro mundo actual: el sistema fabril, la máquina de vapor, el crecimiento de las ciudades… Pero antes ya existía la empresa artesanal basada en los pequeños talleres especializados que más tarde se agruparían en corporaciones de menestrales o gremios, también llamados colegios, formados por colegas o compañeros de profesión o de actividad.
Es bien sabido que, para abrir un taller y poder ser miembro de un gremio, el aprendiz debía formarse bajo las órdenes de un maestro artesano. La formación era, pues, obligatoria e imprescindible, una característica que, debidamente transformada, ha llegado hasta las empresas de hoy en día.
Y entonces, ¿qué tiene que ver todo esto con el catalán? En una sociedad como la catalana, en la que el 40% de la población trabajadora entre 25 y 45 años ha nacido en el extranjero y, por tanto, apenas ha sido escolarizada en lengua catalana, la empresa debe convertirse en colegio para ser, también, un centro de aprendizaje (y uso) del catalán. Las razones son claras y transparentes en el caso de los trabajadores que atienden al público. En los demás casos, resulta de sentido común apelar a la responsabilidad social de las empresas para formar a los trabajadores en un capital de conocimiento y prácticas fundamental para evitar una fuerza de trabajo dividida entre quienes pueden acceder a empleos más cualificados y quienes no pueden hacerlo por falta de conocimiento de la lengua propia y oficial de Cataluña.
Grandes empresas de Cataluña, sobre todo del sector servicios, necesitan contratar mano de obra que no encuentran entre los nacidos en el país. El desconocimiento de la lengua en trabajadores que ya han pasado la edad escolar debe suplirse posteriormente, y es por eso que en un futuro próximo veremos grandes marcas notorias del país añadiendo la lengua al catálogo de formaciones que ofrecen a los trabajadores.
Estas iniciativas buscan promover un entorno laboral inclusivo y facilitar el crecimiento profesional mediante la adquisición progresiva del catalán. En ocasiones bastará con diseñar programas basados en contextos laborales reales o crear sistemas de mentoría interna, en los que trabajadores con un buen dominio del catalán actúen como referentes lingüísticos.
Colegios y colegas en la empresa serán clave, pues, para los nuevos trabajadores que deben ser participantes activos de una sociedad más cohesionada.

