Artículo original de Via Empresa reproducido con la autorización del autor.
Un proyecto ordenado para conseguir un fin. Es decir, diseñar un plan. Esto es lo que deben hacer las empresas que quieran optar a recibir una subvención del Departamento de Política Lingüística para incorporar o fortalecer la lengua catalana. De hecho, las empresas ya están acostumbradas a planificar. Preven las ventas con un plan de marketing; los efectivos de trabajadores necesarios, con un plan de gestión de personal; las entradas y salidas de capital, con un plan financiero; con un plan de igualdad, un marco igualitario de trato y de oportunidades entre hombres y mujeres; procuran reducir o evitar riesgos físicos y psíquicos a las personas trabajadoras mediante un plan de prevención de riesgos laborales. Toda empresa invierte tiempo analizando ciertos indicadores, previendo la casuística que puede causar problemas o fricciones, dibujando soluciones a corto, medio o largo plazo…
Entonces, ¿planes lingüísticos, para qué exactamente? Organizaciones sindicales y empresariales de Cataluña —Intersindical, UGT, CONC, USOC, Foment del Treball, Pimec, la Confederació de Cooperatives de Catalunya, el Consell General de les Cambres de Comerç, Indústria i Navegació y, recientemente, la CECOT—, como firmantes del Pacto Nacional por la Lengua, han compartido el diagnóstico de que “además de diversa, la situación del catalán es compleja y delicada”, y que “en un número significativo de ámbitos […] la evolución en el uso del catalán hace tiempo que no es positiva”. Para enderezar la situación de la lengua —que no es otra cosa que enderezar la cohesión interna de la sociedad catalana y garantizar la igualdad de oportunidades para todos—, el Pacto identifica nueve grandes objetivos u horizontes, entre los cuales se encuentran “lograr que crezca mucho más el número de personas que saben y utilizan el catalán”; “convertir el catalán en una lengua plenamente oficial de iure y de facto en las instituciones públicas, las empresas y los servicios”; e “incorporar plenamente el uso, el aprendizaje y la acreditación del catalán en el mundo del trabajo”.
Frente a aquellos que, de manera reduccionista, pontifican que el presente y futuro del catalán depende del uso desacomplejado que hagan los individuos; o de las medidas coercitivas que imponga la Administración; o del ejemplo modelador de grandes empresas y élites económicas y sociales, el Pacto elabora una visión que, en tanto que holística, resulta mucho más ajustada a la realidad: “La lengua catalana es un patrimonio compartido del pueblo de Cataluña, y como tal es una responsabilidad de todas las personas que son y se sienten parte de este pueblo. En un mundo complejo y dinámico como el actual, las lenguas necesitan el apoyo de las instituciones públicas y privadas, pero también, y de forma muy decisiva, la complicidad de toda la sociedad, porque al fin y al cabo quienes hablan las lenguas son las personas. Son las personas quienes emplean la lengua en el hogar, en el trabajo, en los centros educativos, en los mercados y en sus prácticas culturales y de ocio, quienes optan por crear en una lengua, quienes deciden aprenderla y quienes la comparten y hacen posible que la aprendan las nuevas generaciones y las personas llegadas de otros lugares. No es necesario haber recibido el catalán por herencia familiar, ni siquiera dominarlo para considerarlo una parte irrenunciable de la sociedad catalana, para convertirlo en parte de la vida propia y para contribuir al presente y al futuro de la lengua. Es en este sentido que todo el mundo, desde su posición y en la medida de sus posibilidades, está llamado a participar en el Pacto y a hacer su aportación para alcanzar unos objetivos que son de país”.
No es casualidad, por tanto, que se invite a las instituciones a “elaborar sus propios planes de política lingüística interna”. Si una empresa forma parte activa de este cuerpo social, convenimos en que no debe esperar que un elemento externo la organice, la ordene o le prescriba qué debe hacer y qué no. Por el contrario, en un acto de auténtica responsabilidad social, debería analizar qué presencia otorga al catalán, qué usos hace de la lengua en cada uno de los ámbitos. En definitiva, auditarse o hacerse auditar lingüísticamente; revisar cómo puede, en un mundo global, asegurar espacios de uso para una lengua media como el catalán que no quiere ser vivida de forma precaria. ¿Qué datos de partida tiene la lengua catalana como lengua de servicio, es decir, en cualquier aspecto de la imagen corporativa y de la relación con los clientes y la ciudadanía? ¿Y como lengua de trabajo, tanto en la comunicación interna y en las herramientas de trabajo como en la gestión de personas, las relaciones externas y los sistemas de gestión, etc.? ¿Qué posición tiene reservada? ¿Es inexistente, residual, significativa o exclusiva?
Un plan lingüístico debe incluir, por tanto, esta parte de diagnóstico. Esto, claro está, conlleva un peligro. Un peligro que, como un viejo fantasma, recorre el mundo pese al avance de las tecnologías redentoras, y que se deletrea b-u-r-o-c-r-a-c-i-a: una letanía de buenas intenciones en negro sobre blanco guardadas en un cajón —directorio— olvidado; meritorios discursos en espléndidos seminarios, verbosidad vacía en auditorios llenos. Por eso los planes deben incluir acciones tangibles, concretas, medibles. Palancas de cambio, recambio, evolución y revolución.
Así, la subvención para el impulso del catalán en las empresas tiene como objeto fomentar el catalán mediante la elaboración de planes lingüísticos que, integrados dentro del plan general de empresa, planifiquen su incorporación o fortalecimiento del uso efectivo, y que concreten las acciones específicas para llevarlos a cabo. ¿Qué acciones, entonces? Por ejemplo, protocolos de gestión de lenguas favorables al catalán, talleres y materiales de activación oral de la lengua para trabajadores con conocimientos básicos o nulos de catalán, que favorezcan la interacción en esta lengua; materiales de bienvenida en catalán y con perspectiva lingüística para nuevos empleados; fijación de normas de uso en reuniones, entrevistas de trabajo, etc.; organización de parejas lingüísticas; reformulación del paisaje lingüístico (hilos musicales, publicaciones escritas, megafonía interna, contestadores telefónicos, etc.), y cualquier otra actividad empresarial que haga aumentar el uso instrumental y simbólico del catalán. Precisamente, tanto Pimec como CECOT disponen desde hace tiempo de documentación útil para que las empresas, tanto si están asociadas como si no, puedan tomar ideas y orientarse en un mar de posibilidades de buenas prácticas lingüísticas que esperan, en beneficio de todos, que alguien les dé el empujón que todos necesitamos.
