Hace pocos días tuve la oportunidad de debatir con Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE y responsable de los informes PISA, sobre los retos de la educación en Cataluña. Los datos actuales e históricos de estos informes acontecen una de las evidencias más robustas en el ámbito educativo para desmontar mitos y promover transiciones. En un contexto de necesidades masivas de recalificación, y como rectora de una universidad plenamente digital, querría apelar de nuevo a los datos, en este caso los que acumulamos relativos a cómo se produce el aprendizaje a lo largo de la vida, para reemplazar algunas creencias por realidades:
La primera idea errónea seria pensar que el principal destinatario de la educación postobligatoria son los estudiantes de primera titulación y primera ocupación.
Ante la necesidad imperiosa de transitar colectivamente hacia modelos económicos más digitales y ecológicos se hace difícil pensar que esto sea posible contando solo con las nuevas generaciones, y todavía menos ahora que las tendencias demográficas confirman una clara bajada de estos cohortes. Por eso, hoy, la educación superior, la empleabilidad y la competitividad se articulan sobre la premisa de la necesidad del aprendizaje continuo. El estudio sobre competencias blandas del Barómetro de competencias y ocupaciones de Cataluña elaborado por PIMEC y la UOC sitúa “la adaptación al cambio” como la competencia de autogestión más demandada en las ofertas laborales.
El segundo equívoco seria concebir que las trayectorias en la educación superior son lineales en cuanto a niveles (grado, máster y doctorado) y monolíticas en cuanto a disciplinas. Desde una perspectiva de aprendizaje permanente, y teniendo en cuenta que los destinatarios de los procesos de recalificación ya tienen un perfil competencial previo, lo que hace falta son trayectorias abiertas y contextualizadas que promuevan la hibridación de pericias y la movilidad entre ciclos y donde el acompañamiento acontezca clave para que la persona reconozca la relevancia de las competencias adquiridas y a la vez identifique las complementariedades requeridas para lograr nuevos horizontes profesionales.
Finalmente, un tercer error seria percibir la tecnología en general, o la inteligencia artificial en particular, como una amenaza que hay que combatir, evitar o incluso ignorar. En un contexto en que la formación a lo largo de la vida tiene que cubrir expectativas, necesidades e ilusiones muy diversas, las nuevas herramientas tecnológicas ofrecen una excelente oportunidad para mejorar la forma en que apoyamos a esta ciudadanía que ve en el aprendizaje una palanca de progreso. La tecnología, gobernando sus riesgos, es la única manera de lograr este adelanto individual, ampliando el acceso y la personalización, y, a la vez, de garantizar el progreso colectivo, facilitando la escalabilidad y la capilaridad territorial.
De estas premisas, que ayudan a proyectar el escenario de formación de gran alcance imprescindible para transitar hacia modelos de competitividad renovados, se deriva un reto ecosistémico donde empresas, administraciones, universidades y el conjunto de la ciudadanía tenemos que contribuir de manera coordinada. ¡Manos a la obra!
Àngels Fitó Bertran – Rectora de la Universitat Oberta de Catalunya y vicedecana del Col·legi d’Economistes de Catalunya

