La logística catalana: un gigante imprescindible con pies de barro

Durante años, la logística ha sido una de esas infraestructuras invisibles que solo captan la atención cuando fallan. Cuando las estanterías no se llenan, cuando los puertos se colapsan, cuando una huelga o una incidencia ferroviaria altera la normalidad, entonces recordamos que detrás del funcionamiento cotidiano de la economía existe una maquinaria compleja que sostiene buena parte de nuestra actividad productiva.

Los datos del estudio elaborado por Pimec Logística confirman una realidad que debería encender todas las alarmas institucionales y empresariales: el sector logístico aporta más del 10% del PIB catalán, pero esta aparente fortaleza esconde una fragilidad creciente. Es, en cierto modo, la paradoja de un sector que cada vez mueve más, pero que cada vez gana menos peso real dentro de la economía.

El descenso del Valor Añadido Bruto logístico del 4,74% al 3,66% del PIB entre 2014 y 2023 no es un simple dato estadístico. Es el reflejo de un modelo que se está tensionando hasta el límite. Mientras los costes intermedios se han disparado un 37,4% en la última década, la riqueza real generada solo ha crecido un 11,5%. Dicho de otro modo: el sector trabaja más, asume más riesgo y soporta más presión, pero obtiene cada vez menos margen.

Este fenómeno no es fruto de la casualidad. Responde a una combinación de factores estructurales que se han intensificado en los últimos años: el encarecimiento energético, la volatilidad geopolítica, la crisis de los suministros globales, las disfunciones del sistema ferroviario y una dependencia excesiva del transporte por carretera. Todo ello ha consolidado un “nuevo suelo de costes” que castiga especialmente a las pequeñas y medianas empresas, que disponen de menos músculo financiero para absorber los incrementos.

Aquí es donde aparece una de las grandes contradicciones del modelo logístico catalán: exigimos una eficiencia extrema a un sector al que no ofrecemos las condiciones necesarias para competir. La productividad por trabajador ha retrocedido un 3,6% en una década, mientras que el resto de la economía ha sabido recuperarse con mayor solidez tras la pandemia. Si la logística solo ha crecido un 3,7% en productividad entre 2019 y 2023, frente al 12,6% de la economía general, debemos asumir que no estamos ante un problema coyuntural, sino estructural.

También es necesario revisar con urgencia la relación entre grandes cargadores y operadores logísticos. Seguir tratando la logística como una commodity, sometida únicamente a la presión del precio más bajo, es una visión miope. Esta dinámica ignora una realidad elemental: cuando sube el petróleo, cuando las rutas internacionales se tensionan o cuando los costes energéticos se disparan, la cadena logística absorbe un impacto directo que no puede asumir indefinidamente sin comprometer su viabilidad.

Cataluña no puede permitirse debilitar un sector estratégico. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre cuando se aplazan infraestructuras estratégicas como el Corredor Mediterráneo, cuando no se despliega una apuesta decidida por la intermodalidad ferroviaria o cuando no se articulan mecanismos fiscales y energéticos específicos para proteger a las pymes del sector.

La logística no es solo transporte. Es competitividad industrial, capacidad exportadora, cohesión territorial y resiliencia económica. Si queremos una economía catalana preparada para afrontar los retos globales, debemos abandonar la visión utilitarista que considera la logística un simple coste a minimizar.

Ha llegado el momento de entenderla por lo que realmente es: una inversión estratégica de país. Porque cuando la logística se debilita, no solo pierde el sector. Pierde todo el tejido productivo catalán.


Ignasi Sayol, presidente de Pimec Logística

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