Casi cada día aparece en los medios de comunicación y en las redes sociales una referencia a la auténtica revolución demográfica que estamos viviendo en España y que supone que en el 2018 seamos el doble los mayores de 50 años que los menores de 18.

Sin embargo, a pesar de esta continua presencia mediática, ni los gobiernos, ni las empresas, ni las organizaciones de ningún tipo están reaccionando ante el envejecimiento de la población activa, ni son conscientes de la práctica imposibilidad de un relevo generacional, tal como se venía produciendo en el siglo XX, de forma que cada 15 años se renovaba un tercio de la plantilla de una empresa. Esto, con el continuo descenso de la natalidad se ha convertido en una quimera.

Artículos, informes, entradas en blogs… nos hablan continuamente de las generaciones más jóvenes (Millennials, Y, Z…) o del segmento que ha entrado en la senectud (+75), principalmente por la alarma que despierta la dependencia tanto física como mental y por las dificultades para mantener el actual sistema de pensiones de jubilación. Tampoco despierta ninguna alerta que la única medida que las grandes empresas están tomando ante el envejecimiento de sus plantillas sea la jubilación anticipada (el 46% de los jubilados en 2018 tenía menos de 65 años), ni que en algunos casos afecte a los mayores de 52 años.

Encontramos poquísimas referencias a la generación más numerosa que configura la nueva mayoría, la generación del “baby boom” que está inaugurando (e inventando) una nueva etapa vital en la que los cincuenta no son la antesala de la jubilación sino una nueva madurez, la madurescencia, en la que se unen experiencia y salud, en la que podemos retomar viejos sueños, antiguos proyectos siempre pospuestos por la urgencia de sobrevivir y de cumplir con el mandato social que nos inclina, en la primera etapa de la vida adulta, a trabajar para construir una familia. Muchos de mis coetáneos babyboomers entran en la llamada crisis “madurescente”, que inaugura este nuevo ciclo vital en el que nos preguntamos si esto es todo lo que nos ofrecía la vida, y rompemos rutinas para inaugurar una nueva forma de vivir, relacionarnos y trabajar en la que la “experiencia nos da la libertad”.

No hay conciencia sobre las consecuencias del alargamiento de la vida y del extenso periodo saludable del que disfrutamos, ni previsiones sobre qué hacer con esta nueva mayoría de quincuagenarios y sexagenarios con ganas, salud y energía suficientes como para cambiar el mundo.

Las palabras “retiro” o “jubilación” suenan a voces del siglo XX. Habrá que inventar nuevas palabras para describir la longevidad generativa, esta nueva etapa vital en la que es más importante el mantenimiento que la reproducción. Una etapa en la que construir nuestro legado, nuestra aportación a la necesaria transformación de la sociedad. Ciclo vital en el que centrarnos la participación generosa en proyectos profundamente humanos, de desarrollo del propio talento y del de los demás, momento de compartir sueños y esperanzas para contradecir con energía la distopía que nos amenaza y caminar hacia un nuevo renacimiento humanista.

La población de nuestro país disminuye año tras año mientras crece la población de edad avanzada, y muchas de las actividades que se desprenden del envejecimiento de la población significarán un incremento de las oportunidades de negocio que ha venido a denominarse “silver economy”.

El colectivo Bimillennial (nacidos en el siglo XX, valores del siglo XXI) que se enfrenta a su crisis “madurescente”, a la entrada en un nuevo ciclo vital de personas maduras y activas personal y profesionalmente, constituirá la mayor parte de consumidores a los que hay que ofrecer productos y servicios que respondan a las necesidades concretas de esta etapa de la vida.

De hecho, empieza a notarse en la oferta de bienes de consumo el interés del mercado por este colectivo que crecerá sin cesar en los próximos años.
Productos y servicios que respondan a sus cambios físicos y que afectan a la toma de decisiones del colectivo mayor de 50 años: presbicia, dolor articular, sordez, falta de memoria… Productos y servicios que atiendan a esta nueva etapa vital que, en muchas ocasiones, supone liquidar la hipoteca, independizar a los hijos, en algunos casos divorcio o cambio de pareja, de estado, de hábitos…

Pero los babyboomers no son un mercado homogéneo. Precisamente el hecho de acumular conocimiento, experiencia y contactos los hace distintos entre sí y, en este sentido, tan actuales como los Millennials en cuanto a la exigencia de personalización de productos y servicios.

Curiosamente, las empresas han vuelto su mirada hacia los Millennials que, si observamos la evolución de la pirámide de edad en España, es un colectivo muy menor en número comparado con el de los babyboomers o los miembros de la generación X, que entrarán pronto en la cincuentena.

El futuro es sénior se mire como se mire, el tiempo en que envejecer ya no es lo que era y muchos profesionales continuarán en activo más allá de la edad oficial de jubilación en perfecto estado de salud y con una esperanza de vida que hoy ronda los 83 años de media y que seguirá creciendo año a año.

Se empiezan a forjar proyectos, servicios y todo un mercado fruto del envejecimiento de la población, lo que indica que se trata de una tendencia de futuro que abre todo un abanico de nuevas oportunidades de negocio y de participación en la nueva sociedad que está emergiendo a consecuencia de la revolución tecnológica que llega a todos los ámbitos y que conseguirá que seamos más longevos, más sociables, más humanos.

Laura Rosillo
Red Talento.Cooldys