Soy empresario

Desde hace años, siempre escucho a personas destacadas que hablan sobre la importancia de no?desindustrializarnos, sobre el papel clave que juega el emprendimiento en la sociedad y de la relevancia de las micro, pequeñas y medianas empresas para la economía. 

Pero, entonces, ¿por qué motivo la figura del empresario está tan mal vista? ¿Por qué nadie hace nada para romper estos estereotipos y poner en valor el papel que desarrollan? 

Personalmente, como parte de un proyecto estratégico de?PIMEC?Joves, hace años que visito colegios para explicar la opción de trabajar por cuenta propia, y sobre todo pongo en valor las virtudes de esta opción. Cuando nos presentamos en los colegios y preguntamos si parecemos empresarios, la gran mayoría responde que no. 

No se imaginan que una persona joven, vestida como ellos y con su mismo lenguaje, pueda ocupar una posición tan importante de la empresa. Y esto se debe, en parte, a la?preconcepción?de persona autoritaria, sin escrúpulos y avariciosa que acostumbran a tener (haciendo un resumen de las respuestas que nos dan en estas charlas). 

Y lo que más me sorprende?es la gran diferencia entre emprendedor y empresario: todo el mundo realza la figura del emprendedor. Y yo me pregunto, ¿es que no es lo mismo? ¿Por qué queremos diferenciar conceptos cuando en ambos casos se trata de trabajar por cuenta propia, desarrollar un proyecto empresarial y aportar valor a la sociedad? ¿Acaso no era un emprendedor mi abuelo? 

Considero que estar al frente de una empresa es un trabajo como cualquier otro, puesto que se tienen que desarrollar unas tareas concretas a cambio de un sueldo, pero con la gran diferencia de que si las llevas a cabo correctamente estás creando puestos de trabajo. 

Con frecuencia arriesgas todo lo que tienes, trabajas muchas más horas que las consideradas “normales” y tu jornada no acaba cuando llegas a casa; y parece que lo único que la sociedad percibe es que solo buscas ganar dinero. 

Y, evidentemente, el fin de tener una empresa es convertirla en solvente y poder ganar dinero, pero se olvida todo lo que aporta a la sociedad (pago de impuestos, creación de puestos de trabajo, desarrollo de personas, formación, riqueza para el país donde se desarrolla la actividad). 

Es muy triste ver que solo un 3% de las empresas sobreviven a una segunda generación; es una tasa de mortalidad elevadísima y no siempre estas empresas cierran por motivos empresariales. Estoy seguro de que, con una mayor concienciación a nivel político y social en general, pondríamos menos trabas y reduciríamos este porcentaje. 

Habría que hacer más pedagogía entre todos y abandonar este concepto anticuado, puesto que, cada vez más, nuestras empresas son estructuras más planas, menos jerárquicas, y el empresario ha entendido que una empresa sin personas no tiene sentido. Ya es hora de que se entienda que sin un buen funcionamiento de nuestras empresas no hay trabajo. 

Es necesario que nuestra generación pueda decir con orgullo, allí donde sea: ¡soy empresario! 

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