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De empresarias y directivas no es necesario decir que son mujeres

Batallo desde hace años para que delante de las palabras “empresarias” o “directivas” no se diga ni escriba la palabra “mujeres”. No hace falta. Ni en catalán, ni en castellano. El género está incluido en el sustantivo. ¿Por qué? Oso decir, porque en el imaginario inconsciente y colectivo, dirigir o tener la propiedad de una empresa es cosa de hombres. Lo es tanto, que nunca nadie dice “hombres empresarios” o “hombres directivos”. ¿Verdad que no? Claramente parecería una redundancia. En cambio, no tener poder y solo poder trabajar bajo las órdenes de otra persona, parece tanto cosa de mujeres, que directamente nos suena bien decir “trabajadoras” sin tenerlo que completar añadiendo un “mujeres trabajadoras” en igualdad con el concepto “trabajadores”. La cuestión, pues, que refleja el uso de la lengua es la voluntad inconsciente (o no) de no querer ceder poder y de tratar como una excepcionalidad a empresarias y directivas, subrayando su género y no en primer lugar su alto nivel de responsabilidad.

No penséis que esto ocurre solo con quien está al frente de las empresas. También decimos “mujeres periodistas” y no “hombres periodistas”, cuando, anteponiendo el artículo –“las periodistas y los periodistas”–, no hay que incluir el género y podríamos ceñirnos directamente a su actividad. En el lenguaje, queda claro que todavía tratamos el hecho de que las mujeres sean profesionales como algo excepcional, por normalizar.

Ya os podéis imaginar que, llevado al extremo, opino que hay que decir “fútbol masculino”, del mismo modo que decimos “fútbol femenino”, “los jugadores” o “las jugadoras” (no, las mujeres jugadoras), aunque la relevancia social sea diferente. Dejo para otro día escribir un artículo sobre cómo la Federación Inglesa cerró y prohibió a comienzo del siglo XX los clubes femeninos de fútbol cuando estos eran seguidos por más personas que los masculinos. Las palabras no son gratuitas, crean valor y marcos mentales. Otorgan poder o lo toman prestado.

Para acabar, me gustaría compartir la conclusión más importante a que hemos llegado en el reciente estudio que he podido dirigir desde el Observatorio de Liderazgo en la Empresa de la BSM-UPF, con una muestra paritaria de 157 directivos y directivas. Unánimemente, las mujeres creen que en tiempos de crisis –como por ejemplo con la Covid-19– las directivas lideran mejor que los directivos. Y también lo creen mayoritariamente los hombres. Del mismo modo que a comienzos de la pandemia vimos que los países liderados por mujeres, como Alemania, Taiwán, Nueva Zelanda, Islandia, Finlandia, Noruega y Dinamarca gestionaban mejor la crisis con soluciones más creativas. Parece tan claro que las mujeres tienen que superar tantos más obstáculos para llegar al poder, que, las que lo alcanzan, necesariamente son más resilientes y flexibles, cualidades imprescindibles para afrontar una crisis. Está claro que también hay una tendencia clara a reservar para las mujeres los puestos donde existe más riesgo de fracaso. Las mujeres resolverían las situaciones más complejas, pero, una vez logrados los buenos resultados, como quien no quiere la cosa, se las empujaría hacia abajo, a un glassglif, un precipicio de vidrio. Y los señores se volverían a aplastar en la poltrona del poder ocupando el lugar que es connatural a empresarios y directivos, ¿no es así?

Sobre el precipicio de vidrio, volveremos. Es demasiado resbaladizo.

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