Si cuando tenía 20 años me hubieran dicho que hoy estaría escribiendo textos o haciendo oír mi voz para hablar de la mujer empresaria, de los obstáculos que tuve que superar, de los momentos de discriminación que he vivido, posiblemente no me lo creería. La revolución de las mujeres y el feminismo, entendido como la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, siempre ha existido, pero es ahora cuando las mujeres están tejiendo verdaderas redes en la defensa de sus derechos.

Puede extrañar, pero mi primera barrera como mujer empresaria la sufrí en casa. Mis padres no entendían que lo que me motivaba era estudiar y hacer una carrera universitaria. Mi padre, con seis años cuidaba cabras en las montañas de Ronda (Málaga), y mi madre tampoco tiene estudios. Para ellos, mi vida se tenía que centrar en buscar una buena pareja y tener hijos. Tuve que hacerles comprender que la mujer puede tener talento y llegar a los mismos puestos que los hombres si se prepara, y que la maternidad y sensibilidad por el cuidado de personas dependientes no tiene por qué estar reñida con una carrera profesional. De hecho, no tendría que ser así nunca. La tenacidad didáctica junto con un punto de rebeldía hizo desistir a mis padres, a quienes al final les tengo que agradecer que unos años más tarde apoyaran mi decisión. Pronto ocupé cargos de responsabilidad que suponían viajar.

Esta etapa de mi vida, que en ciertos momentos todavía vivo, la he bautizado como “maternidad compartida”, pero no en pareja –he criado sola a mis hijos–, sino con mi carrera profesional.

Cuando tuve mi primer hijo (ahora tiene 25 años y también tengo una hija de 20 años) negocié poder compartir con él momentos laborales. Yo, por aquel entonces, dirigía el Instituto de Técnicas Empresariales de Catalunya y, si su presidente no me hubiera autorizado a dar el pecho en el puesto de trabajo o que mi hijo participara en misiones empresariales en África y América, hubiera renunciado al empleo.

Recuerdo con ternura que mi hijo decidió nacer a los 8 meses, después de que yo continuara desarrollando uno de los primeros proyectos europeos de cooperación bilateral UE-Túnez en que participó el Estado español. Siempre he dicho que tiene algo de árabe, y si no hubiera decidido volver cuando empecé a ir de parto, ahora sería tunecino de nacimiento. De la experiencia como directiva y empresaria podría explicar muchas anécdotas: me han hablado dándome la espalda, han invitado a toda la delegación a cenas y recepciones menos a mí por el hecho de ser mujer, me han dado dependencias inferiores, pero hecha la oportuna protesta –contundente y a la vez educada–, finalmente he conseguido un tratamiento igualitario.

Permítanme dar más detalles sobre la maternidad compartida. Mi hija participó en la negociación de creación de la comisión mixta de formación continua. Las negociaciones preliminares acabaron una semana antes de su nacimiento y en solo 7 días de vida volvió a viajar a Madrid para el cierre y posterior firma del acuerdo. Recuerdo las miradas de los responsables de los sindicatos cuando dije: “cada 3 horas solicito que paremos; tengo una hija y pienso darle el pecho. Si no están de acuerdo, pueden continuar sin mí”. Todo el mundo aceptó sin cuestionar la decisión.

Pienso que esta experiencia de “maternidad compartida” me ha permitido ocupar cargos de máxima responsabilidad en sectores como el pesquero y el marítimo, donde he llegado a ser la primera presidenta de una Federación de Empresarios de Mar o a presidir el Clúster Marítimo de las Islas Baleares. A veces, lejos de ponerme barreras, la maternidad a mí me ha servido para ganarme el respeto de los hombres y de instituciones donde la igualdad brillaba por su ausencia.

Soy defensora de que las mujeres profesionales y empresarias no deberían escoger entre ser madres y una carrera profesional. Todos y todas tenemos que luchar para hacerlo compatible. Pero aún hay mucho camino por recorrer…

Como empresaria y business angel he podido comprobar que la brecha salarial es una realidad en el siglo XXI. Las mujeres, como colectivo mayoritario en la sociedad sufrimos, a lo largo de nuestra vida, una brecha en términos de ingresos totales. Según Euroestat, del 39,6% en la UE, del 35,7% en España y del 23,9% en Catalunya.

El índice de liderazgo femenino a nivel mundial según I-Will ofrecido por la escuela de negocios IESE también pone de manifiesto el estancamiento que se está viviendo en materia de apoderamiento. El número de directivas entre 2006 y 2018 ha pasado del 4,4% al 4,5%. De hecho, en España, el 83% de consejos de administración tienen entre ninguna o máximo dos mujeres y su presencia en la dirección de departamentos solo llega al 27% en 2018.

Como empresaria me preocupa la baja tasa de cuota de comercio mundial que tenemos (11%), que solo utilizamos en un 20% las redes formales comerciales, que se nos confunda con secretarias y asistentes de los compañeros empresarios en reuniones colectivas, pese a que la internacionalización es un elemento esencial para consolidar una empresa. También me preocupa la brecha digital y la dificultad para acceder a financiación alternativa en las etapas inicial y de expansión empresarial, que podemos denominar brecha financiera en captación de inversión. Es lamentable, pese a que una empresa fundada por mujeres tiene un 63% de probabilidades de éxito, frente al 35% si ha sido fundada por hombres.

Estudios como el de Boston Consulting Group (BCG) y Masschallenge, la mayor aceleradora de start-ups del mundo, una vez analizadas 350 empresas aceleradas puso de manifiesto que, por cada euro de financiación invertido en estas start-ups, las fundadas por mujeres generaron 78 céntimos y solo 31 céntimos las fundadas por hombres. Por lo tanto, estereotipos como que “los inversores consideran que las mujeres tienen menos conocimientos técnicos” y hechos reales como, por ejemplo, que “las mujeres son más conservadoras a la hora de estimar el alcance del negocio (los hombres a menudo se sobrepasan y se exceden en sus proyecciones) o, y muy importante, que el 92% de los socios de las firmas de capital riesgo son hombres, provocan la brecha financiera alternativa.

Pero también puedo decir con entusiasmo que, como presidenta de la Comisión de mujer y empresa de PIMEC, desde esta organización las empresarias y los empresarios trabajamos unidos con la convicción de crear un entorno empresarial más igualitario.

Iolanda Piedra
Empresaria, presidenta de la comisión Mujer y Empresa de PIMEC y miembro del Comité Ejecutivo de PIMEC.