Todos los colores de una empresa verde o el objetivo 17 + 1

Artículo original de Via Empresa reproducido con la autorización del autor.

A finales de 2019, la Comisión Europea aprobó el Pacto Verde europeo, un paquete de medidas destinadas, para el año 2050, a convertir a la Unión Europea en un territorio climáticamente neutro.

¿Qué tienen que ver un artículo de 1971 de un lingüista llamado Einar Haugen, una protesta ese mismo año de un intrépido grupo de activistas contra pruebas nucleares, y el grupo de presión 17+1? ¿Y qué interés pueden tener para las empresas las relaciones que se puedan tejer entre estas premisas?

A finales de 2019, la Comisión Europea aprobó el Pacto Verde europeo, un paquete de medidas destinadas, para el año 2050, a convertir a la Unión Europea en un territorio climáticamente neutro (Net Zero) en la transición del modelo productivo. A escala global, la ONU ya había adoptado una nueva agenda de desarrollo sostenible cuatro años antes, definida con los archiconocidos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que se deben alcanzar para 2030. Según la ONU, todos deben aportar su granito de arena: “gobiernos, sector privado, sociedad civil y personas como usted”.

Los objetivos, como todo el mundo sabe, son 17. Desde hace un tiempo, sin embargo, algunas entidades y organizaciones abogan por el 17+1, argumentando que es indispensable garantizar la presencia y reconocimiento de todas las lenguas y culturas en el mundo futuro que se está dibujando. En efecto, la sostenibilidad de una expresión cultural con una ubicuidad tan manifiesta no aparece en ninguno de los 17 objetivos de la ONU. Tampoco aparece en ningún informe, estudio o propuesta de ninguna de las grandes empresas de consultoría o auditoría que prestan servicios a empresas o las asesoran.

Fuera del ámbito político y empresarial, este murmullo de fondo lleva años gestándose en las organizaciones civiles. ¿Cómo se podía ser una entidad social y ambientalmente responsable si no se tenía, al mismo tiempo, una mirada “ecológica” sobre el hecho lingüístico? Pues bien, la organización ecologista de ámbito mundial con más renombre, Greenpeace, ha resuelto la contradicción hace poco, adoptando el catalán en su imagen y comunicaciones externas. Y no de forma tímida, a escondidas, sino con toda una declaración de principios que vale la pena enunciar, aunque de momento tenga un alcance limitado:

Greenpeace es consciente de la importancia de defender la diversidad cultural al mismo tiempo que se defiende la diversidad ecológica. Por ello, aprovechando el lanzamiento de la nueva web, hemos hecho un esfuerzo para que las personas que visitan nuestro sitio web puedan encontrar los contenidos principales en cuatro idiomas: castellano, catalán, gallego y euskera. […] Creemos que estas prácticas de una organización de carácter internacional combinan la posibilidad de que todos los socios accedan a la información de Greenpeace en un idioma que conozcan bien, y al mismo tiempo colaboran con la riqueza lingüística de cada una de las comunidades autónomas.

Es verdad que ha costado mucho –quizás demasiado– llegar hasta aquí. Casi 50 años desde que en 1971 unos atrevidos canadienses se interpusieron, a bordo de una embarcación de bloqueo, entre los bellos parajes de la isla aleutiana de Amchitka (Alaska) y Cannikin, una prueba nuclear que liberaría bajo tierra 5 megatones de energía. Unos jóvenes que, con esa acción, protagonizaron el acto y escribieron el acta fundacional de Greenpeace. Ese también fue el año –¿coincidencia?– en que un lingüista americano de padres noruegos, Einar Haugen, escribió un artículo que por primera vez utilizaba el concepto de ecología para estudiar cómo interactuaban las lenguas con –y en– sus entornos respectivos.

El valor de la diversidad lingüística ha llegado, pues, a la sociedad política y civil. Y es inevitable que vaya llegando, de una manera u otra, al mundo de las grandes empresas porque finalmente encajen, como ha hecho Greenpeace, todos los colores del verde. La contradicción vuelve a pesar demasiado. ¿O es que quizás es otra coincidencia que, con la expansión del coche eléctrico, empiecen a asomar manuales digitales, ordenadores de a bordo y sistemas de infoentretenimiento en lengua catalana en las marcas de coche más punteras?

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