Cataluña necesita una financiación digna para construir su futuro

Hace décadas que Cataluña arrastra un problema que ya es tan viejo como conocido: el déficit fiscal crónico, la baja inversión estatal y una autonomía financiera más que limitada. Y lo más preocupante no es solo que esto continúe pasando, sino que lo hayamos ido normalizando cómo si fuera una lluvia de verano que ya sabemos que nos mojará.  Pero no, no lo deberíamos aceptar como una fatalidad inevitable. Por eso es tan importante que des de organizaciones como Pimec se ponga encima de la mesa una propuesta valiente y clara para cambiar las reglas del juego.

Recientemente, he defendido en el Parlamento de Cataluña un nuevo modelo de financiación para el país. Un modelo que no pide ningún privilegio, sino simplemente lo que cualquier territorio con una economía sólida y un tejido productivo activo merece: poder gestionar, liquidar y recaudar sus propios impuestos.

La propuesta de Pimec es de sentido común; un sistema que permita saber qué dinero sale de Cataluña, cuántos recursos se quedan para garantizar los servicios y cuántos se destinan a la solidaridad interterritorial. Todo esto con mecanismos claros, transparentes y pactados. Nada de cheques en blanco ni de promesas que después queden en papel mojado.

Y no se trata solo de una cuestión de cifras. Estamos hablando de economía productiva, de oportunidades, de calidad de vida. Con una mejor financiación, Cataluña podría invertir más en formación, infraestructuras, reindustrialización, transición verde y en todo aquello que contribuye a generar riqueza y empleo. No estamos pidiendo un lujo; estamos reclamando una herramienta imprescindible para hacer posible el progreso económico y social.

Los datos hablan por sí solos. Cataluña aporta un 19,2% a los ingresos del Estado, a pesar de representar solo el 16% de la población, y a cambio recibe solo un 13,6% del gasto y un exiguo 9% de la inversión estatal. Esta es la fotografía de la mala financiación. Y sí, la reciente condonación parcial de la deuda del FLA es un gesto positivo, pero en ningún caso resuelve el problema estructural de fondo.

Por eso, la demanda de una financiación justa y transparente no solo es razonable, sino imprescindible. No se trata de copiar el concierto económico vasco o navarro, sino de adaptar un sistema justo a la realidad catalana, sin romper la solidaridad ni el equilibrio territorial. Se trata de garantizar que los recursos que generamos aquí sirvan para construir nuestro futuro, y no para engordar un déficit fiscal crónico que nos condena a ir siempre a remolque. Cataluña no pide más de lo que le corresponde. Pero tampoco está dispuesta a resignarse a menos.

Oriol Amat, presidente del Observatorio de la Pyme de Cataluña

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