Actualmente, las pymes se ven obligadas a gestionar una considerable diversidad de variables que no controlan, pero que tienen un impacto directo en su negocio. Son muchos los factores que los empresarios deben seguir como, por ejemplo: la situación del PIB, el consumo, los impactos de las guerras comerciales, la situación política o las alertas que da el FMI en relación con la deuda de las principales economías.

Efectivamente, es tan alto el nivel de información que, a pesar de disponer de una buena radiografía de lo que pasa, el empresario se ve obligado a hacer un planteamiento de futuro que le permita actuar y posicionar su empresa en la mejor situación posible, tanto a nivel de sostenibilidad como de rentabilidad.

Los procesos de reflexión estratégica facilitan que una empresa encuentre el espacio y el tiempo suficientes para valorar su situación y definir líneas de actuación que le permitan afrontar los cambios y las dinámicas de los mercados, pero que también le faciliten la creación de oportunidades que están disponibles para quienes realmente las pueda ver y aprovechar.

Llegados a este punto, a menudo la pregunta es: ¿cómo enfocar esta estrategia? Y, en realidad, la respuesta debe ser doble: la primera de las cuestiones pasa por tener clara la propuesta de valor de nuestra empresa y sus elementos diferenciadores, así como las necesidades que están cubriendo; en cuanto a la segunda, parte del proceso estratégico se basa en la investigación del equilibrio de las diferentes variables y recursos que cohabitan en la empresa para facilitar una dimensión óptima que tenga como objetivo final obtener una rentabilidad continuada en el tiempo y que, en consecuencia, asegure su sostenibilidad y crecimiento, así como el logro de su visión y razón de ser.

Para encontrar este equilibrio, hay que definir una estrategia con una perspectiva global que considere:

  • El conocimiento del entorno en el que nuestra empresa despliega su modelo de negocio.
  • Los productos y servicios, así como sus elementos diferenciadores.
  • El marketing y el posicionamiento de la empresa.
  • La estructura comercial, el perfil comercial (reactivo/proactivo) y la dinamización comercial de la empresa.
  • Los márgenes y la productividad.
  • El talento y las posibilidades de favorecer los objetivos planteados.
  • La innovación y los recursos necesarios para desplegar nuevas líneas de actuación.

El momento es ahora, y considerando un entorno cada vez más cambiante y dinámico, es responsabilidad de cada empresario preparar su empresa para afrontar con garantías los retos que vendrán.