Mañana, 27 de marzo de 2019, se celebrará el PIMEC Fórum sobre el ahorro de costes energéticos para la industria en la sede de PIMEC en Barcelona.

La transición energética debe ser el vector del cambio social y económico de la humanidad, pero no parece que esto tenga que suceder en pocos años. Llegar a 2050 con generación cero de gases de efecto invernadero (GEH) parece hoy una quimera que permanece en la cabeza de unos pocos especialistas. Tenemos dificultades para introducir el concepto de transición y su urgencia en la sociedad, porque el mundo vive demasiado confortablemente, inmerso en un caos conceptual e ideológico. La globalización y la digitalización de la economía están transformando la geopolítica y la economía tal y como las entendemos hasta hoy y han dejado anticuadas las ideologías, sin capacidad de aportar soluciones que expliquen cómo resolver el cambio. A todo esto, hay que añadir la transformación que comportará la transición energética. Por lo tanto, es comprensible que la sociedad evite debatir a fondo la transformación que el cambio energético supondrá.

La transición energética no trata, como mucha gente cree, de pasar de generar la electricidad con combustibles fósiles a otra producida con fuentes renovables, o de cambiar el coche de combustión interna por otro eléctrico. No. La transición energética requiere, antes que nada, reducir el consumo de energía y esto supone, a su vez, un cambio en el consumo, un cambio cultural que, por su parte, comporta un cambio en la producción y en los puestos de trabajo. Es imposible generar toda la energía que el mundo necesita hoy, continuar con los mismos parámetros de consumo y llegar a 2050 con emisiones cero de CO2.

En 2016 el mundo emitía 36 Gigatoneladas de CO2, en 2020 emitirá 42 Gt y en 2030 debe emitir 17 Gt para llegar finalmente a cero en 2050. El peso de las renovables en el total de la energía de 2016 era del 3,7% del total, y la inversión que se realizaba en renovables aquel año supuso el 0,26% del PIB mundial. Si imaginamos que toda la población mundial tiene el mismo derecho a tener la misma riqueza per cápita de los occidentales, la inversión necesaria en 2016 hubiera sido del 4,52% del PIB mundial. Pero si suponemos que la población mundial pasa de los 7.500 millones a los 11.000 millones, y lo hace con la misma riqueza mundial que ahora tenemos los occidentales, la inversión que el mundo necesitaría seria del 11,25% del PIB, una cifra que la economía no puede soportar. Por el contrario, si disminuimos la intensidad energética de 1,49 kWh/cápita hasta 0,5 kWh/cápita, y se mantiene el crecimiento de la economía mundial estable en 30.100 $/cápita a partir del año 2035, la inversión necesaria para llegar a 2050 con cero emisiones de CO2 será del 3,8% del PIB, una cifra que la economía sí podrá asumir.

La ecuación por resolver para disminuir la emisión de gases pasa por aceptar estas condiciones o bien por argumentar a los países que están haciendo el camino hacia nosotros que no tienen derecho a hacerlo, lo que parece imposible. Por lo tanto, la visión para los próximos años es la de la transición hacia una economía con la introducción del vector CO2 que internalice el problema en la economía y se adecue a un camino de menor crecimiento, aceptando el concepto “menos es más” como principal. Es decir, una transformación radical de la economía.

Lo cierto es que el mundo tiene el conocimiento para hacer el camino, pero se ve frenado porque da miedo enfrentarse a una disrupción de esta envergadura. Desde 1992 vengo proponiendo que hay que introducir la tasa sobre el CO2 para hacer la transición. Esta tasa debe tener cinco componentes obligatorios: 1.- tiene que ser universal, afectando a todo el mundo; 2.- debe ser intensa, para poder transformar la economía; 3- tiene que ser progresiva, dando señales a la economía hacia donde debe ir; 4- tiene que ser fiscalmente neutra para no aumentar en exceso la presión fiscal, y 5- debe ser con arancel para proteger al territorio de los productos que no aplican la tasa.

Fijaos que ahora nadie tiene en cuenta estas condiciones. Unos pretenden hacer la transición con el voluntarismo de la gente. Otros pretenden ingresar a través de impuestos nuevos y subsidiar ciertas formas de energía. Y poca gente (de hecho, solo Macron) habla de introducir el arancel. Pero el propio Macron es el ejemplo de haber hecho mal el diseño y ha visto que la gente no ha admitido más aumentos fiscales para la transición energética. Ahora propone aplicar el aumento fiscal solo para las rentas netas de más de 2.200 €/mes, pero esta solución topará en el futuro con un nuevo obstáculo porque la fiscalidad será demasiado elevada. Creo que la solución radica en restar la recaudación de otros impuestos, como pueden ser la cotización social del trabajador y/o el IVA, haciendo neutra la recaudación por la tasa de CO2.

Poca gente considera el concepto de tasa al carbono. En el mes de enero un grupo amplio de economistas americanos, entre los que se encontraban 27 premios Nobel y los 4 últimos expresidentes de la reserva federal, hizo una propuesta en The Wall Street Journal para combatir el cambio climático. Esta se basa en los cinco puntos de mi propuesta de tasa.

Así que es cuestión de ir aceptando que la transformación vendrá por la internalización del CO2 en la economía, lo que comportará una disminución de la producción de bienes y, a su vez, una transformación de la economía del consumo por el consumo. Y, es evidente, esto supondrá una pérdida de horas de trabajo que obligará a repensar de arriba abajo la economía.

El dramatismo aparece al pensar que esto debe empezar a hacerse a partir del año 2020 y todavía no se está llevando a cabo ningún debate sobre la cuestión. ¿Qué os parece si os digo que cuando leáis esto tendremos al alcance un papel higiénico con un FootprintRatio (nivel de emisión de carbono) de 0,7 g CO2 equ/metro? De momento estará disponible en Amazon, a la espera de que los distribuidores entiendan que este es el camino. También trabajamos para que la Generalitat incorpore este concepto en las compras públicas.